Artículo Invitado

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Sin Medida ni Clemencia

*Desparpajo de Excesos: no es por Generación Espontánea

*Los Maestros Dejaron de Enseñar y los Padres de Educar

*Hay Demasiada Ligereza en el Desempeño de los Gobiernos

*Moviéndose Entre Indefiniciones y el Temor de Aplicar la ley

POR ÁNGEL LARA PLATAS

Mucho de lo que sucede en nuestro querido México, se da sin medida ni clemencia; frase a propósito arrancada de la letra de la canción “Ódiame” de Julio Jaramillo. De lo anterior tenemos infinidad de ejemplos. Cuando se trata de tomar el dinero ajeno, el que los políticos disponen para su beneficio personal, se da sin medida ni clemencia, sin importar en lo absoluto que eso signifique empujar a millones de compatriotas al abismo de la extrema miseria, en cuyo fondo la muerte descuella con mayor dignidad que los menesterosos que en su interior ni siquiera las ideas coexisten, porque también han muerto de inanición.

Estados enteros padecen por la pésima administración de improvisados gobernantes. Políticos sin ideologías ni convicciones cuyo interés fundamental es saciar apetitos voraces que por ningún lado se les ve medida. Pero la causa de todo éste desparpajo de excesos, no se ha dado en México por generación espontánea.

Padecemos los estragos de una sociedad desarticulada al interior de su principal columna vertebral: una educación que no ha sido basada en los valores cívicos y morales. Hace mucho que los maestros dejaron de enseñar y los padres, también hace mucho, dejaron de educar con el buen ejemplo y el amor.

La modalidad de casarse para divorciarse, no le está acarreando cosas buenas a nuestro país. El apetito por agenciarse de recursos públicos, proviene de ese insuperable vacío que está padeciendo la sociedad entera. Es la desarticulación social la que no permite que la sociedad en general, aporte personas probas y rectas para que en esos términos le sirvan a la misma sociedad.

La gente aborrece a los políticos y a los partidos porque le han fallado, porque han abusado del poder, y porque se han perdido en la arrebatada lujuria y liviandad que brinda el mal uso de los cargos públicos.

Aunque no se quiera ver así, ha habido demasiada ligereza en el desempeño de los gobiernos, se ha permitido que los abusos también lleguen a los extremos. El gobierno federal dejo correr el tiempo y de pronto se enfrenta a un pequeño… pequeñísimo grupo de sedicentes maestros, que mantienen arrinconado al propio gobierno y, en medio, la sociedad entera.

Dieron prioridad a sus proyectos personales, quisieron mirar muy alto, y de pronto se dieron cuenta que el país se está incendiando, que hay ciudades enteras sin poder moverse con la libertad que ofrece la Constitución General de la República, porque así lo han decidido unos cuantos que, por cuestiones ideológicas, mantienen inmovilizado todo lo que significa desarrollo. La gente no se puede transportar libremente porque las carreteras están bloqueadas. Los transportes no llegan a su destino con el abasto y las medicinas, porque los facciosos no los dejan pasar. Miles de negocios quebrados, con las cortinas abajo y las puertas cerradas porque nadie puede llegar a ellos. La economía atascada por la falta de dinero circulante. Y ahí está ese grupo que, comparado con los millones de mexicanos afectados, realmente son un pequeñísimo grupo, haciendo de las suyas. El gobierno se mueve entre las indefiniciones y el temor de aplicar la ley, no como correspondería hacerlo en un país de leyes.

El gobierno cede, según se ve, sin decirle a la gente qué es lo que se habla con los falsos salvadores de la educación de los niños y jóvenes, cuando se pasan las horas platicando, dialogando o discutiendo. La gente no sabe nada a pesar de su derecho a la información de lo que hacen sus autoridades.

Quiero asegurar que los que tienen al país de cabeza no son los maestros. Los maestros enseñan, educan, forman a las generaciones de niños y jóvenes, estos no. A los maestros se les confía la delicada educación de los hijos, porque su formación profesional les permite la responsabilidad de ser una suerte de extensión de los padres. A los maestros se les quiere, se les agradecen los buenos consejos que requieren los párvulos para hacerlos personas rectas. Estos no hacen eso. Un verdadero maestro no obliga a los infantes a salir a la calle con cartulinas indignamente colgadas al cuello con consignas que no leen porque no han aprendido a leer todavía.

Los maestros dan a los niños la verdad, como la madre da la leche para alimentar a sus retoños. Los de los plantones y las agresiones, no. Los maestros tienen alas para volar hacia el conocimiento universal. A estos no se les ve una sola pluma ni siquiera de esas que se usan para escribir. Los que se pasan su jornada de trabajo frente al grupo deslizando magistralmente el gis en el pizarrón, para transformar las letras y los números en sabiduría, no se pueden comparar con aquellos que pintarrajean las paredes de los inmuebles de la gente de bien.

Los verdaderos maestros enseñan a los niños a dirimir los problemas hablando, platicando con sus padres, hermanos y compañeros; no quemando vehículos ni destruyendo lo que encuentran a su paso por las calles y avenidas de las ciudades.

Por eso, los que están ahí, estrangulando pueblos enteros, seguramente no son los maestros que tanto les agradecemos se ocupen del engrandecimiento del país que habitamos y queremos.

… ódiame, sin medida ni clemencia.