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Un México Incluyente: La Visión Tolerante de la Democracia Nacional

Por Luis Miguel Martínez Anzures

En lo que va de la competencia electoral en nuestro país, sobre todo cuando se dan a conocer los resultados de las encuestas, pareciera que la percepción de que son muchos los que aún desconfían de la democracia va en aumento o se mantiene en niveles altos dentro del imaginario colectivo nacional.

Se percibe una suerte de temor a que el orden social se desestabilice si no gana su candidato (a). Nada más falto a la verdad que esa suposición. Sin embargo, la duda puede ser razonable, incluso la suspicacia (fundada en la condición humana). Lo peligroso es que estas elucubraciones se transformen en una franca intolerancia anticipada. No se puede despreciar la voluntad popular solo porque no coincida con la nuestra. Son tiempos para defender la democracia mexicana, no para menospreciarla. Es crucial, para el futuro del país, defender las instituciones democráticas no tratar de derruirlas.

Honrar nuestra democracia es, por supuesto, salir a votar el 1º de julio y cumplir de esta manera con una parte de nuestras obligaciones cívicas y ciudadanas. Pero lo es también, aceptar las palabras de lo que el ex rector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente[1] ha comentado en días recientes (El Universal):

“…el voto de un pobre vale lo mismo que el de un rico, el de un joven que el de un viejo, el de un sabio que el de un ignorante. Igualmente lo sería el impedir que aparezca en una boleta electoral el nombre de quien ha hecho trampa (ya no será nuestro caso, gracias al fallo de TEPJF). En una democracia cada quien tiene la libertad de esgrimir su razón, incluso mediante desplegados, si así lo deciden los abajo firmantes, pero también la obligación de defender los derechos ciudadanos. No son lo mismo”.

Aceptar esta serie de postulados de honradas prácticas democráticas y tolerancia ideológica, nos haría ser un país más íntegro y respetuoso de la pluralidad cultural que conforma a nuestra sociedad. Enriquecería nuestra cotidianidad.

En tiempos electorales como los que hoy determinan la vida pública del país, las filias de muchos espíritus inmaculados, se alinean en torno a una democracia selectiva, autoritaria, clasista. Cierto, algunos son ilustrados, pero no aceptan que la libertad -que tanto defienden- puede interpretarse de diversas maneras. Que hay muchas formas de vivir e interpretar la libertad democrática.

Si no fuera así, no habría libertad. En el fondo, pareciera, detestan que otros (más de los que imaginan) puedan no pensar como ellos. Por supuesto, que hay un México mejor educado (también más privilegiado), y otro cuya principal dolencia es la ignorancia. Su signo histórico ha sido la falta de oportunidades, que no han llegado pese a las promesas gubernamentales. Este México amenaza con hacer ebullición de una manera directamente proporcional al tamaño de la enorme brecha de marginación social y económica, a la que ha sido condenado durante muchas décadas.

Por supuesto, que este fenómeno no será gratificante para el México de los estereotipos y los arquetipos de lo políticamente correcto, de las buenas formas y el vanitiy affair, pero es necesario que ocurra para sacudir de cierta manera, a un sistema que se ha anquilosado en el statu quo que lo caracteriza.

Pensar que la oposición puede ganar, no significa traicionar a la democracia liberal. Es tan solo aceptar serenamente, un posible cambio político, sea cual fuere el rumbo, que este tome. Si es que eso, en realidad ocurre.

Hay que recordar que el liberalismo es fundamental para abrir paso a las nuevas ideas, a la tecnología, a la innovación, y a las diferencias individuales, que son signo distintivo de nuestros tiempos. Negarnos a esta posibilidad es un lujo que el país no puede darse en tiempos de crisis social, como los que se viven actualmente.

Hay que valorar y aquilatar de manera adecuada, la posibilidad de acabar con la impunidad, reducir la desigualdad y serenar a un país que padece, desde hace casi doce años, una epidemia de violencia, cuyos niveles en su letalidad son indefendibles e incuestionables.

No es necesario hacer comisiones de la verdad o análisis foráneos sobre los hechos antes descritos. La verdad por sí misma nos dice quiénes son los culpables. El electorado también lo sabe y lo refleja en las encuestas. Se llama memoria histórica y aunque muchos analistas y especialistas en política no creen en ese hecho, pareciera que esta cualidad se está desarrollando en una sociedad, harta de sus gobernantes.

Juan Ramón de la fuente al respecto nos refiere, lo siguiente:

“Acaso el bombardeo noctambulo de las redes sociales, en las beligerantes declaraciones de los voceros, en las estridentes reacciones de las buenas conciencias, en los comentarios oficiosos que dominan los medios de comunicación tradicionales, pudiera ser oportuno escuchar ideas que apunten más a una eventual conciliación que a una ruptura ineludible. Quizás convendría pensar más en la posibilidad de una suerte de coexistencia confrontativa, respetuosa, civilizada y menos, mucho menos, en el caos imaginario: el del temor y el odio.”

En una democracia madura las deviaciones sistémicas inevitables deben autocorregirse. Para ello, se requieren instituciones fuertes no débiles. Fiscales y Tribunales autónomos, medios independientes y espacios de libertad de expresión para todos, no solo para unos cuantos. Masificar la opinión y nutrir la diversidad de visiones alrededor de la res-pública, debe ser un objetivo de nuestra democracia como forma de vida.

Sin embargo, sabemos que no son las condiciones que hoy nos distinguen como sociedad, aunque hay muchas personas que están dispuestas a pelear porque las cosas cambien y vemos en esta próxima elección la posibilidad de avanzar en esta dirección.

¿Será posible que esto pase? Una probable solución para que esto logre concretarse es establecer diálogos intersectoriales.

No hay por qué temerle a lo distinto, a lo opuesto y mucho menos a los resultados de un cambio democrático. La historia misma así nos lo ha señalado, al pensar en la guerra de forma y las etapas subsecuentes de nuestro legado histórico.

Construyamos un México más incluyente y equitativo. Cabemos todos.

 


 

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