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El Debate Corporal de AMLO

*Se vio Inusualmente Avejentado, Agotado, Agobiado

*¿Qué le Dijeron Antes que se Descompuso Todito?

* Muchas Cosas se Tejieron en Torno al Desdibujo

* Y el “Bronco”, sin Recato Alguno, lo “Chamaqueó”

Por Ángel Lara Platas

Cuando Andrés Manuel entró al espacio destinado para el debate ya iba descompuesto. Llevaba un rictus en la cara que mostraba un coraje de esos que surgen por recibir una noticia desagradable.

 

Desde el inicio se le vio descompuesto, desconcertado, como si lo hubiesen obligado a entrar en contra de su propia voluntad.

Sus expresiones eran semejantes a cuando el rostro se descompone por haber recibido momentos antes una información deplorable o hasta funesta.

Parecía estar incómodo. La tradicional ironía se había quedado en la calle, fuera del alcance de carismático líder. Entró sin su peculiar estilo, ese que lo ha sacado tantas veces de apuros.

Y no obedecía a que se hubiese enterado de que los otros contendientes hubiesen orquestado un “compló” en su contra. Esa suposición se había hecho pública y se había comentado no pocas veces. No, había algo más que él llevaba clavado en su pecho.

Quienes pretendieron justificar esa inusual actitud de Andrés Manuel, dijeron que era una premeditada estrategia para evitar desgastarse en la retahíla de evidencias que contradecían sus afirmaciones. Aseguraron que adoptó una convencional parsimonia a fin de conservar, sin riesgo alguno, la distancia que ha mantenido desde semanas atrás respecto al resto de sus antagonistas políticos.

Parte de sus circunstanciales simpatizantes aseguraron que el agotamiento, expresado en su rostro, había sido el resultado por las extenuantes jornadas en el trabajo de campaña. Esta hipótesis la echaron abajo quienes vieron el vigor y la enjundia con la que se desgañitaba en los mítines de los días previos al debate. Además, cualquiera se encierra con su equipo los dos últimos días para prepararse para un evento que sería visto por millones.

Desde el mismo instante que tomó posesión del lugar que le había asignado el sorteo previo, se le vio inusualmente avejentado, agotado, agobiado. Daba la impresión de que al entrar le habían caído encima ochenta años más.

¿Qué le dijeron momentos antes que se descompuso todito?

Por supuesto debió haber sido algo con lo que dejaría de contar para continuar su campaña sin mayores tropiezos. Algo con lo que dejaría de contar para sostener el ritmo de su campaña, cuyos gastos no son cualquier cosa. Algo que debió haber estado vinculado con la determinación de uno de los hombres más ricos del mundo, Carlos Slim, que días antes del debate salió a declarar sobre el tema del aeropuerto en construcción, confesando que tenía miedo refiriéndose a las posturas que sobre el mismo había mantenido López Obrador. No se esperaba tal declaración, tronó fuerte y determinante. Sin embargo, lo dicho por el magnate no golpeó fuerte en las emociones del morenista, como fue por algo de lo que se enteró momentos antes de entrar al Palacio de Minería.

Cuando inicia la ronda de los participantes, y los candidatos marcan la línea discursiva, Andrés Manuel titubea, casi enmudece. La retórica evasiva que lo salva de las preguntas incómodas esa noche brilló por su ausencia, tampoco lo acompañó. Devastado era poco.

La desagradable noticia con la que entró al debate fue tan demoledora, que cuando se agachó para buscar en la bolsa las pruebas gráficas daba la impresión de que sus resortes corporales no le ayudaban a levantarse. Al respecto, hubo perversos comentarios que le echaron la culpa al auxiliar que le cargó la bolsa porque, dicen, le revolvió el contenido al grado de complicarle la búsqueda de los documentos probatorios. El desorden de los papeles le complicó enfrentar con éxito, las críticas de sus rivales de urnas.

Muchas cosas se tejieron en torno a ese accidental desdibujo del puntero en las encuestas.

Desde la entrada se le vio desgarbado, dio la impresión de que no quería entrar y algo lo empujó con tal fuerza que hasta lo sacó de sus casillas.

Pero debió haber habido algo más fuerte que todas las suposiciones aquí vertidas; algo poderoso que lo compelió a empequeñecer su figura ante el independiente “Bronco”, que sin recato alguno lo “chamaqueó”.  En otras condiciones, al perpetuo candidato nadie de la “mafia del poder” lo hubiera desplazado de su lugar como lo consiguió Jaime.

Durante el tiempo que duró el tira-tira verbal, los movimientos de El Peje se alentaron, su mirada se estrellaba contra las paredes del Palacio de Minería, su voz claudicó, sus manos chocaban con el fondo de la bolsa de los papeles sin lograr encontrar lo que buscaba.

Ya metidos en la elucubración, lo único que pudo haber ocasionado tan grande desequilibrio en el aguerrido multi-candidato es que, antes de arribar al recinto del debate, le hayan dado la infausta noticia de que los empresarios que lo apoyaban, habrían decidirlo no seguir haciéndolo. De haber sido cierto esto, ¿de dónde sacaría el dinero para movilizar a sus huestes el día de la jornada electoral? ¿Quién seguiría financiando sus recorridos por el país en busca del voto de los que quieren sea presidente?